Por Exequiel Tomba
De la diplomacia al músculo, el pacto tácito entre potencias
Hay épocas en las que las afinidades entre líderes no se explican por simpatías personales, sino por una lectura compartida del mundo. La sintonía entre Donald Trump y Vladimir Putin no es fruto del azar ni de una química personal amplificada por los medios. Es la expresión política de una visión del poder que, aunque aplicada desde trincheras distintas, coincide en un punto crucial: el mundo ya no necesita árbitros, sino jugadores decididos a defender su zona de influencia.
Ambos mandatarios irrumpen —o reaparecen— en escena en momentos de transición global. Pero más que adaptarse al nuevo tablero, pretenden redibujarlo. Ni Trump ni Putin creen en el multilateralismo como horizonte deseable.
Lo ven como un obstáculo. En su lugar, imaginan un orden multipolar duro, con potencias fuertes que negocian entre sí los límites de su autoridad sin intermediarios institucionales.
No es una idea nueva, pero sí una apuesta explícita. En esta arquitectura emergente, Estados Unidos (separado de Europa), Rusia, China y quizás India aparecen como polos con soberanía plena. Los demás actores —desde Latinoamérica hasta África o el Sudeste Asiático— serían parte de una “mayoría mundial” que no impone reglas, pero sí exige respeto.
En este contexto, la relación Washington–Moscú adquiere un carácter estratégico: no como alianza ideológica, sino como reconocimiento mutuo entre potencias que buscan rehacer las reglas de juego.
Desconfiar de Occidente un principio compartido
En el ideario que comparten Trump y Putin, el “orden liberal internacional” no es sinónimo de paz ni de estabilidad, sino de hipocresía institucionalizada. Para ambos, organismos como la OTAN o la Unión Europea no son árbitros neutrales, sino vehículos de injerencia que erosionan la soberanía de los Estados bajo la apariencia de normas compartidas.
Durante su primer mandato, Trump no ahorró descalificativos: calificó a la OTAN de “obsoleta”, acusó a la Unión Europea de “aprovecharse” de Estados Unidos y denunció los acuerdos multilaterales como frenos al interés nacional. No es solo retórica: su política exterior desarticuló buena parte del entramado institucional heredado de la posguerra, apostando, en cambio, por pactos bilaterales asimétricos.
Putin, por su parte, lleva más de una década denunciando lo que considera la doble vara de Occidente. En cada foro internacional repite el libreto: la intervención en Yugoslavia (1999), la guerra en Irak (2003), el bombardeo a Libia (2011).
Todas, acciones emprendidas sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, y, por tanto, —según su visión— ilegítimas. En la Conferencia de Múnich de 2007, fue tajante: “El uso de la fuerza solo es legítimo si lo autoriza Naciones Unidas. No necesitamos sustituir la ONU por la OTAN o la UE”.
Esta crítica no se limita al plano diplomático. Ambos líderes atacan también los valores que Occidente considera universales: los derechos civiles, la diversidad cultural, la agenda ambiental. Putin ha legislado contra la “propaganda LGBT” como si se tratara de una defensa patriótica. Trump ha desmontado protecciones federales para colectivos minoritarios mientras niega abiertamente la urgencia del cambio climático, al que calificó de “engaño chino”.
El resultado es un cuestionamiento frontal al orden liberal occidental: sus reglas, sus valores, sus instituciones. En su lugar, emerge un modelo donde el poder real —militar, económico, territorial— justifica las decisiones[...] 👇🏼
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