Por Exequiel Tomba
Europa no necesita elegir bando. Necesita entender que ya eligió.
El triángulo estratégico EstadosUnidos–China–Europa entra en una fase sin
precedentes. Bruselas sigue hablando de autonomía mientras Washington la presiona y Pekín la seduce.
I. El punto de partida
En 1969, con la Revolución Cultural todavía en marcha y la Unión Soviética apretando desde el norte, Mao Zedong convocó a cuatro mariscales veteranos y les pidió un diagnóstico del orden mundial. La conclusión contradecía la ortodoxia ideológica del régimen: el peligro principal no venía del bloque capitalista tradicional, sino del vecino que compartía la misma bandera teórica, la Unión Soviética. Cincuenta y siete años después, en abril de 2026, Da Wei, director del Centro de Seguridad y Estrategia Internacional de la Universidad Tsinghua, abrió con esa escena un artículo en Foreign Affairs titulado "Europe Still Needs China". Su tesis replica el razonamiento de los mariscales, pero lo redirige a Europa: sostiene que la amenaza fundamental para el proyecto europeo no proviene de Pekín, sino de Washington.
La formulación es una pieza clásica de la diplomacia académica china: un centro de pensamiento de máxima influencia emite en abierto el mensaje que la cancillería prefiere no firmar de manera oficial. Su planteamiento divide las aguas en dos planos que Europa suele mezclar: en lo económico, las fricciones con China son sectoriales y negociables (vehículos eléctricos, paneles solares, acceso a mercados); en lo identitario, las tensiones con Estados Unidos tocan el núcleo de la soberanía compartida.
Sin embargo, aceptar este diagnóstico sin filtros equivale a ignorar la trampa estructural. Presentar a China meramente como un socio con roces comerciales es omitir el uso sistemático de las dependencias como palanca de coerción. El tablero real de 2026 demuestra que Europa no se debate entre un socio incómodo y un aliado hostil, sino atrapada entre dos lógicas de poder que la reducen a variable de ajuste.
II. La pinza transatlántica: soberanía o disolución
La mitad estadounidense de la ecuación descansa sobre una ruptura real. La Estrategia de Seguridad Nacional publicada por Washington y los giros discursivos en la Conferencia de Seguridad de Múnich (desde las críticas frontales de JD Vance hasta el tono civilizatorio de Marco Rubio) marcaron el fin del orden posterior a la Guerra Fría. La administración estadounidense cuestiona los cimientos mismos de la integración europea, la premisa de que la soberanía compartida a través de instituciones supranacionales rinde más que la soberanía individual. Aranceles unilaterales, presiones territoriales y el respaldo implícito a fuerzas nacionalistas euroescépticas forman parte de un mismo vector. Para Washington, una Europa integrada bajo normas multilaterales es un competidor económico regulatorio que debe ser disciplinado.[...] 👇🏼
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